Ahora, sentaos cómodamente con una pinta de cerveza en la mano, y escuchad la historia que os voy a contar...
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Mün Sharr, la imponente capital de los "dwond", en la lengua imperial conocidos como los enanos, se extendía como un gigantesco gusano enroscado en las mismas raíces del Pico del Barreno, la cima más alta de la cordillera de Los Quebrados.
El paso de la montaña había sido todo un infierno.
Antoleon miró con visible impresión, desde el diminuto ventanuco del carromato, el camino que serpenteaba hasta morir en las titánicas puertas de piedra que guardaban los grandes salones y las sinuosas callejas, que esperaban pacientes bajo la montaña. Solo el silbido del conductor de la carreta le sacó de su ensoñación.
Casi cuatro semanas de fatigado viaje, y una de ellas por caminos de cabras y senderos de piedra y nieve. Cuando Antoleon dejó los muros de la Escuela Nueva de Conjuradores, se imaginaba un camino lleno de aventuras, de misteriosas y enigmáticas compañías, de combates con horribles bestias en bosques olvidados, de filos brillando en la oscuridad de la noche… hasta tenía preparado su bastón para la lucha, había grabado en la madera las Runas del Hierofante, un poderoso conjuro defensivo que había encontrado en uno de los grimorios de la Biblioteca.
Pero no, el viaje había sido todo un infierno, un aburrido e interminable infierno de baches, improperios del cochero a los bueyes, posadas malolientes y como compañía, una rolliza y desdentada matrona que le acompañó en la caravana desde el pueblo de Marlina hasta una pequeña villa en las faldas de Los Quebrados.
Se sorbió la nariz y se arrebujó aun más entre las ásperas mantas, el frío y la nieve también eran motivos de sobra para que Antoleon deseara llegar a término de una vez.
Pero al fin, después de todo el tedio, Mün Sharr se erguía ante él como promesa de la búsqueda definitiva para su Escuela, y de la aventura que anhelaba.
Aunque no resultase ser igual a la que imaginaba.
-Continuará...
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